Para mí, 2024 ha sido un auténtico descubrimiento. Conocí a Huauquipura gracias a varias amigas que habían vivido experiencias de voluntariado con ellos, y en cuanto me acerqué por primera vez a su gente supe que eran quienes debían guiar mi primer voluntariado internacional.
Mientras cursaba el Máster en Cooperación Internacional, realicé también el curso de voluntariado, requisito indispensable para que la asociación te conozca y tú puedas responder con asertividad y compromiso en terreno.
En agosto comenzó por fin la aventura. Con la mochila llena de ilusión —y también de incertidumbre— llegué a Ecuador, al corazón de la Amazonía, una región llamada Sucumbíos que respira vida, inspiración y desafíos allá donde mires. No tenía claro si un perfil como el mío iba a encajar en el proyecto, pero todas las dudas se disiparon en cuanto conocí a Ángel, aquel domingo tras ocho horas de trayecto en taxi. Su energía me llenó de motivación para lo que serían cinco semanas inolvidables.
Durante mi estancia, acompañé a Lupe en sus visitas a las emprendedoras de la Federación de Mujeres de Sucumbíos. Cada dos días, más o menos, Ricardo cogía la furgoneta y, micrófono en mano, salíamos dispuestos a escuchar cómo más de ochenta mujeres sacaban adelante sus proyectos: panaderías, artesanías ancestrales, chifles, aderezos caseros… Conectar con ellas me llenó de fuerza e inspiración. El emprendimiento en la región es una vía real de empoderamiento y de independencia económica, una forma de reafirmarse y transformar su entorno.
Tuve la suerte de coincidir también con Bea, Chiara y Lu, compañeras voluntarias que llenaron los días de complicidad y aprendizaje. Pero lo que más me marcó fue el arropo de todas las personas que trabajan luchando por los derechos de las mujeres amazónicas. Cada lunes celebrábamos una asamblea, un espacio de diálogo y reflexión donde se hablaba de derechos, se compartían inquietudes y se trazaban estrategias de mejora. Fue inspirador comprobar cómo en un núcleo tan pequeño puede generarse tanto movimiento social.
Además de este acompañamiento, pude conectarme con la realidad sanitaria de la región, especialmente con el ámbito del cáncer y la salud comunitaria, que me toca muy de cerca. Participé en actividades de prevención, en la preparación de pancartas y marchas por los derechos del asociacionismo y en asambleas y marchas donde ejercí de adjunta de redacción, recopilando ideas y testimonios de distintas asociaciones.
También colaboré en la entrega de material escolar en la Escuela de Música junto a Zoila, donde conocí a muchos niños y niñas becados cuyas sonrisas siguen acompañándome.
Acompañé a Zoila, Nora, Bryan y Luisa en algunas de sus salidas cotidianas y pude aprender de su compromiso silencioso, voluntario y constante.
Uno de los proyectos que más me marcó fue La Puerta Violeta, un espacio seguro para mujeres víctimas de violencia de género. Su existencia cobra una fuerza inmensa en una región con tasas tan altas de violencia; es un símbolo de resistencia y esperanza.
También me fascinó el trabajo de Amparo en el área de arteterapia y arpilleras, un proceso creativo y sanador que combina arte, memoria y resiliencia. Admiré profundamente su sabiduría, su serenidad y su amor por la vida.
Conocí la Casa de los Niños, a las promotoras comunitarias, y vi el liderazgo de mujeres como Laura o Zita, referentes silenciosos que sostienen día a día una red de apoyo imprescindible.
No quiero dejarme sin nombrar a todo el equipo de la Federación, que trabaja con entrega y convicción en un proyecto de una magnitud enorme, lleno de humanidad y propósito.
Me voy de Sucumbíos con ganas de volver. Con la certeza de que la cooperación no se aprende solo en los libros, sino caminando junto a quienes transforman su realidad cada día. Me llevo más aprendizaje del que podía haber imaginado nunca, y el corazón lleno de nombres, historias y voces que me recordarán siempre por qué elegí este camino.