Carolina Menéndez

Carolina Menéndez

Siempre recordaré cuando Enrique me preparaba para mi voluntariado en Ecuador. En una de las sesiones me explicó la curva de las emociones de un voluntario cuando llega allí. Y me dijo: “Al principio todo te parecerá maravilloso, y pensarás que eso es lo que siempre habías buscado”. Yo nunca pasé por esa primera etapa, porque el comienzo fue lo más duro de mi experiencia.

Ahí llegué yo a Ecuador, a vivir una experiencia de 6 meses, algo que a mí se me antojaba una eternidad… Mi función sería dar clases en una Universidad Campesina, que curiosamente se encontraba en una finca llamada Doña Godina. Una universidad hecha por y para campesinos; campesinos sin recursos materiales para poder costearse una carrera universitaria, pero con unas inmensas ganas de aprender para poder sacar adelante sus tierras, su provincia… una parte de selva amazónica.

Y que decir que al principio fue horroroso, tanto que me hubiera vuelto a Zaragoza, a mi lugar y con mi gente, allí donde yo tenía tantas cosas por hacer. Porque, ¿qué hacía yo en un sitio dónde me sentía incapaz de aportar nada? ¿Dónde incluso era incapaz de entenderles cuando hablaban y eso que hablábamos el mismo lenguaje? ¿Dónde la cultura, la comida, las formas de relacionarse… eran tan, pero tan diferentes? ¿Dónde descubrí lo que es la soledad yo que dejaba muchísimos amigos y amigas en casa?

No sé de donde saqué las fuerzas, pero ahí continúe… Supongo que es esa soledad la que hace que te hagas fuerte; la que hace que cuando pase un tiempo sólo veas lo positivo de lo vivido y dejes lo negativo atrás. Porque para mí fue una experiencia tan rica, con tantas cosas vividas y compartidas, y tantas cosas las que me quedaban todavía por vivir, que lo que en un principio iba a ser una experiencia de 6 meses se convirtió en un total de 15 meses. Algo inimaginable para mí al principio que sólo quería ir un mes a “conocer”.

Y mi experiencia me lleva a pensar hasta que punto se “conoce” con un mes de voluntariado en el que apenas te involucras con la cultura con la que convives. Y me hace ser un poco crítica con este tipo de voluntariados. Pienso en ¿cómo me sentiría yo si cada año 5 o 6 personas con ganas de enseñarme algo vinieran a vivir conmigo durante un periodo corto tiempo? Tener que estar pendientes de ellos dejando un poco de lado mi trabajo para que ellos sientan cumplidos sus deseos de callar sus conciencias por las injusticias presentes en nuestro mundo.

Por suerte, ellos no piensan como yo, y nos reciben a cada uno de los que vamos con los brazos abiertos. Por eso, sólo puedo agradecerles por su paciencia y su acogida, por recibirnos a cada uno de nosotros que nos metemos en sus vidas sin pedirles permiso, por hacernos sentir parte de ellos y sentirnos como uno más… Gracias a esto, a tantas experiencias vividas por tanta gente, ahora hay muchas personas en la otra parte del charco que no los olvidan y que lucharán, desde donde que hay que luchar, para que las cosas cambien.

¡Gracias por haber hecho posible lo mejor que he hecho en mi vida!